Valor sentimental
Sobre el poder de un viejo adorno de Navidad.
“¿Quieres quedarte con algo?" Hay cosas bonitas, tienen valor sentimental”. Se lo dice Agnes a su hermana Nora en Sentimental Value, la película de Joachim Trier, mientras organizan las cosas de la casa de su infancia para venderla tras la muerte de su madre. Al final, Nora acaba con un jarrón rojo bajo el brazo, porque la carta del valor sentimental no se puede ignorar. En La joya de la familia, Sarah Jessica Parker, la nueva novia insoportable de uno de los hermanos de la familia, intenta causar una buena impresión regalando por Navidad otra pieza de decoración: una foto enmarcada de la matriarca de la casa, que está enfrentándose a un tratamiento para el cáncer poco efectivo. Esa foto cambia las tornas para todos: un objeto que por sí mismo no tendría ningún valor se convierte en la celebración de una vida que a cada hijo le evoca distintos recuerdos.
Uno de los libros más comentados este año ha sido Artefactos importantes y propiedades personales de la colección de Lenore Doolan y Harold Morris, incluidos libros, ropa y joyas, en el que asistimos a la historia de una pareja a través de los restos de su vida compartida: entradas de cine, libros prestados, un salero en forma de perro salchicha, un lote de postales o unas toallas. Su autora, Leanne Shapton, lo explicaba así: “Descubrí el catálogo de las posesiones de Truman Capote dejó al final de su vida. Me di cuenta de que, a través de sus letras, ceniceros y tarjetas de crédito, podía entender quién fue y cómo vivió. Así que se me ocurrió contar la vida de alguien a través de sus objetos”. Como casi todo en la vida, somos las personas las que dotamos de significado los objetos inertes, las que generamos sentimientos por un trapo de cocina porque perteneció a nuestra abuela o los que tenemos una taza de desayuno favorita -que cualquier otra persona que haya identificado esa manía siempre asociará con nosotros-. Si estoy en lo cierto, todo lo que nos rodea está vivo.
El pasado mayo me mudé a otro piso con 50 cajas de trastos. A lo largo de la primavera fui desempaquetando sartenes, velas, posavasos y jarrones; recordando de dónde provenía cada cosa y el momento exacto en el que forjé una relación con ella. Era el mismo inventario sentimental del que hablaba Shapton. No había vuelto a pensar en la sensación hasta que llegó diciembre y tuve que bajar las cajas de adornos navideños -por primera vez en este hogar- y encontré una figurita de un Papá Noel de madera con barba de lana que me regaló mi madre hace años. No era solo un adorno, era una serie de imágenes mentales de momentos compartidos y de las que únicamente yo soy dueña.
Recordando la cita del filósofo romántico Novalis que abre Artefactos importantes: buscamos lo absoluto en todas partes y lo único que encontramos son cosas. Nos pasamos la vida persiguiendo una verdad universal o una conexión que trascienda lo finito, cuando la realidad es que la vida se presenta más bien como una acumulación de cosas (objetos, vivencias, relaciones), como un cajón de sastre vital. Seguramente la filosofía minimalista no tiene en cuenta que lo que nos rodea no sirve única ni necesariamente a la funcionalidad sino a la emoción. Los adornos del árbol heredados de hace décadas no serán útiles ni estarán relucientes, pero podrían protagonizar un libro sobre nuestra historia.
Un fondo de pantalla
Un usuario de X compartía esta semana una foto en HD de la obra Los cazadores en la nieve, del pintor neerlandés Pieter Brueghel, añadiendo que en los meses fríos siempre la usa como fondo de pantalla (<3). Perteneciente a una serie sobre las distintas estaciones, esta obra, dedicada a los meses de diciembre y enero, muestra un paisaje nevado, dos lagos helados en los que se practican juegos invernales y una serie de personas y animales que aparecen casi como sombras.
La pintura fue utilizada en la película Solaris (1972), de Andrei Tarkovsky, en una escena en la que Hari (personaje creado en una estación espacial y que cuestiona su condición existencial) se angustia y observa esta obra como una alegoría de la vida humana en la Tierra.
Es una preciosidad que, por supuesto, ya está decorando mi ordenador.
Una perdición
Table Manners es un podcast en el que la cantante Jessie Ware (autora de uno de los mejores discos de 2020, si me preguntan) y su madre comen con sus invitados mientras los entrevistan. Hace poco las visitó el actor Bill Nighy, un tipo por el que siento predilección por su combinación perfecta entre elegancia y sudapollismo, y en uno de los cortes contaba cuantísimo le pierde el chocolate y que en las tiendas de dulces se siente “como un niño de 8 años con una tarjeta de crédito”. Hablaba sobre lo que debía pensar la gente al ver salir a un septuagenario con una bolsa inmensa de bombones, y me encantó escuchar que no le podía importar menos.
El dulce también es mi perdición. Organizo los viajes alrededor de las visitas a ciertas pastelerías, pruebo cada palmera de chocolate que me cruzo y en mi despensa siempre hay una tableta lista para cortar un cuadradito con las manos. En la temporada otoño-invierno no falta la clásica bandeja de turrón cortado y polvorones de la que es imposible escapar, y puede que un chocolate caliente hecho a fuego lento sea una de las experiencias sensoriales más satisfactorias para mí estos meses.
Esto es simplemente un recordatorio de que el chocolate está ahora en su momento álgido en todas sus formas -no quiero hablar de él en verano, cuando se derrite y los huevos Kinder evolucionan innecesariamente en los Kinder Joy- y espero que podamos vernos todos con 75 años y tres kilos de chocolate en una bolsa de papel, como niños con sueldos, que es lo que aspiro a ser el resto de mi vida.
Un plan
Esta semana pude visitar por fin el Open Folk, un proyecto en el que, cada martes y de forma completamente gratuita, seis artistas emergentes tocan tres de sus canciones frente al público. Los conciertos se celebran en un ambiente íntimo, con luces tenues y cortinas de terciopelo, en el sótano del hotel Latroupe Prado de Madrid. Y por allí pasan country, folk, flamenco, blues o casi cualquier cosa que pueda tocarse en un formato de set reducido.
Poder cobijarse en un espacio que le da valor a la música, en un momento en el que tenemos que enfrentar colas virtuales salvajes para pagar cien euros por una entrada de un concierto masificado que ocurrirá dentro de 10 meses, me pareció un plan muy valioso. Tendrán sesiones también los días 23 y 30 de diciembre, por si estás por aquí y quieres ponerle una guinda a las festividades.








Estos últimos meses he estado estudiando la relación que entablamos con los objetos, y no te haces una idea de lo útil y especial que me ha parecido este post. Gracias por compartirlo
Lo que me enamoró de la fotografía costumbrista era la capacidad de inmortalizar la vida inconsciente de las cosas.
Cuando hablas así de los objetos me quedo prendado pensando en todo lo que me rodea. Elegir bien los objetos que tienes cerca también genera placer.