La matinal
Sobre la necesidad de un idealismo.
Son las 12:30 de la mañana de un sábado de invierno. Estoy en una película matinal, posiblemente uno de mis momentos favoritos para ver una película porque siempre existe una pequeña posibilidad de que mi vida cambie radicalmente antes de la hora de comer. No pasa tan a menudo, pero es una opción que nunca elegiré perderme. A muchos les gusta la sensación de entrar al cine de día y salir de noche con la cabeza del revés, y lo comparto en ocasiones, pero salir del cine con todo el día por delante para macerar una experiencia es otra cosa. Es apostar por la posibilidad de que el resto del día aún pueda seguir creciendo, la idea de poseer un tiempo ilimitado que rellenar. Una lectura que podríamos considerar optimista.
Me considero una persona bastante negativa, de ver el vaso medio vacío, una agorera de manual. Al menos cuando se trata de mí y mis circunstancias, nunca con las de los demás, a los que les vaticino con total claridad cielos estrellados y éxitos. Por eso creo que mi mayor contradicción es sentirme interpelada por los discursos idealistas. Estoy un poco cansada de los artefactos culturales que se enrocan en el cinismo y narran las injusticias y desigualdades que nos rodean sin aportar soluciones o al menos destellos luminosos. Podríamos estar en uno de los momentos sociopolíticos más oscuros de las últimas décadas a nivel global, y cada historia simplemente expositiva sobre el estado deplorable de las cosas es un clavo más en nuestro ataúd como personas con responsabilidad individual y con capacidad de movilización colectiva. Las Bugonia o las Eddington de turno, que se recrean en los problemas pero no son capaces de imaginar universos alternativos en los que se solucionan, no son para mí. Sabemos que si no nombramos las cosas, no existen; si no conseguimos imaginarlas, tampoco podrán hacerse realidad.
Estoy, como decía, en esa matinal. Estoy viendo El templo de los huesos, la última entrega de la saga 28, y acabo de encontrar mi faro espiritual en la ficción: el Dr. Kelson, interpretado con delicadeza por Ralph Fiennes. En este universo se nos presenta una realidad aterradora, con un virus desconocido que afecta a la mayoría de las personas que habitan la tierra y las convierte en seres sedientos de sangre, sin agencia, despojados de todo aquello que los hacía humanos. Jimmy (Jack O’Connell) y sus secuaces son una consecuencia directa de ese pánico a lo desconocido, optando por achacar algo inexplicable a un poder superior. En contraposición a la violencia del entorno está Kelson, alguien que sigue encontrando esperanza en el arte y la naturaleza, que combate lo incomprensible con ciencia, que halla respuestas a través de la ternura y el conocimiento. Alguien que sigue investigando a los zombis y sitúa a Sansón, el Alfa, a su altura, como un potencial amigo. Devolver la humanidad con comprensión.
En un momento de la película, Jimmy le pregunta a Kelson si realmente es Satán, a lo que responde: No lo soy. Nadie lo es. Solo estamos nosotros. El recordatorio de que somos todo lo que tenemos, y la brillante posibilidad de que siempre puede haber algo más, una nueva fórmula, algo nuevo que intentar. Una cura, un antídoto, una utopía.
Un uniforme
Esta semana se han presentado los trajes del equipo nacional de Mongolia para los Juegos Olímpicos de invierno 2026, y pueden ser la cosa más increíble que he visto nunca. Los uniformes ceremoniales y cotidianos hacen referencia a los estilos de vestimenta del Gran Imperio Mongol de los siglos XIII al XV, reinterpretando las prendas históricas funcionales a través de una sastrería moderna adaptada a las condiciones climáticas frías. Las prendas formales cuentan con cuellos levantados para proteger del viento, cierres superpuestos para abrigar y siluetas entalladas inspiradas en los tradicionales deels, las clásicas túnicas mongolas.
Los uniformes están confeccionados con cachemira mongola de origen local, una fibra en la que las comunidades nómadas confían desde hace mucho tiempo por su aislamiento y durabilidad, y están adornados con seda y bordados con motivos tradicionales que reflejan el patrimonio cultural. Además de la vestimenta formal, la colección incluye prendas de punto informales influenciadas por la estética de los jerséis de esquí alpino y enriquecidas con patrones que hacen referencia a la ger, la vivienda tradicional mongola, y a los ritmos de la vida nómada. “Lo que llevamos durante el invierno, lo llevamos al mundo”.
Una interpretación
Invierno es el último concierto de Las cuatro estaciones, y es un pasaje increíble porque captura la esencia de esta época a través de cuerdas que recrean la sensación de viento gélido y cortante. Estos días volvió a compartirse mucho este Invierno de Vivaldi interpretado por la violinista Chloe Chua. El vídeo es de 2018, cuando ella solo tenía 11 años, y resurge de vez en cuando (con razón) porque la energía es espectacular y su carisma se come el escenario. Lleva la mitad de su -cortísima- vida ganando premios y seguramente acabe siendo una de las mejores ahí fuera. Te amamos, Chloe.
Un makeup
En cuanto salga este temporal lluvioso de nuestras vidas, entraremos en las mejores semanas para hacerse maquillajes divertidos, justo antes de que se nos empiece a derretir la cara al salir a la calle. Me crucé este look increíble el otro día, una mezcla entre romántico y un poco gélido, que me pareció perfecto para entrar en febrero. Ahora, por supuesto, necesito esa máscara tan pigmentada (es de Glisten Cosmetics), porque mi rímel rosa de 3ina no consigue este acabado ni de lejos. De verdad, siempre team llamativo, recordad que el clean look ahora es fascista.








