Dulzor
Sobre el poder de un recuerdo de la infancia.
Durante los meses fríos hago una peregrinación por distintas pastelerías con la intención de probar el mayor número de palmeras de chocolate posible antes de que su chocolate empiece a derretirse en las manos. Mi padre siempre fue goloso (y ahora diabético, claro), y a mi madre nunca le interesó el dulce hasta que enfermó y se le despertó ese sweet tooth del que hablan los angloparlantes. En esos años iniciales de su cáncer, si yo salía mínimamente del barrio, a menudo paraba en la tienda de turno a hacer acopio de nuevos dulces para ella y para mí, y picábamos de ellos frente a un vasito de leche, casi siempre después de cenar, que es el momento oficial de despachar la fruta y buscar el azúcar en la despensa.
Mi padre ya no puede comer dulce, y mi madre ya no está, pero yo sigo merodeando por cada pastelería que me cruzo, aspirando el aroma de los hojaldres y pensando en ella. Imagino qué le parecería la crema pastelera o si encontraría ese pepito demasiado dulce. Y me llevo el alijo a casa para probarlo frente a un vaso de leche y algo en la tele que favorezca el encefalograma plano.
Pisar una panadería o una pastelería puede ser una de las acciones cotidianas que más intensamente nos retrotrae a la infancia. A cuando acompañábamos a nuestros padres, bien agarradas de la mano, y contemplábamos el escaparte salivando. Conseguir que nos compraran algo era una tarea más ardua, por eso, cuando ocurría, se sentía más significativo que ganar cualquier premio. Ese ratito saboreando su dulzor en una tarde de viernes, con todo el tiempo del mundo por delante y completamente protegidas por nuestras madres, es a donde constantemente busco volver.
Cuando volvemos a visitar lugares que habíamos frecuentado de niños, no es raro observar que todo parece mucho más pequeño. A menudo esta experiencia se ha atribuido erróneamente a las diferencias físicas entre los niños y los adultos, pero como escribe Danielewski en su novela ergódica La casa de hojas, “en realidad obedece mucho más a las dimensiones epistemológicas que a las corporales: el conocimiento tiene el mismo efecto que el agua caliente sobre la lana. Encoge el tiempo y el espacio”. Todo tiene que ver con la vivencia y el recuerdo.
En Dorayaki, de Durian Sukegawa, un hombre echado a perder tras su paso por la cárcel se dedica a preparar pastelitos rellenos de pasta de azuki. A esa pastelería acaba llegando Tokue, una anciana que ha vivido toda su vida recluida en una instalación para enfermos, pero que lleva cincuenta años haciendo dorayakis. Por supuesto, el azuki de Tokue salva el negocio, y entre ellos surge una amistad muy tierna. También aquí, la cocina y las recetas que pasan de mano en mano concilian a distintas generaciones y amparan los recuerdos, porque los sabores nos anclan inesperadamente a lugares mentales. Sentaro recordaba así su conexión con la confitería: “A su madre le encantaban los dulces, y cada vez que tenían las cosas dulces que le gustaban, como los manju o el pastel, ella estaba de buen humor y él también podía sentirse en paz”.
Dicen que los detalles son fundamentales en la repostería para garantizar precisión, pero en los demás ámbitos de la vida también lo son. Si alguna vez me necesitáis, me podréis encontrar a las puertas de una pastelería con una bolsa de papel rebosante de croissants de mantequilla.
Un videojuego
En Winter Burrow juegas como un ratón que regresa al hogar familiar en el bosque después de haber vivido en la ciudad durante gran parte de su vida. Tras la trágica muerte de tus padres, que trabajaban en las minas de la ciudad para proporcionarte una vida mejor, regresas al bosque, al hueco del árbol donde creciste, para reencontrarte con tu tía y otros habitantes del bosque. No esperes un Animal Crossing, eso sí: aquí hay misiones y elementos de juego de supervivencia a veces desafiantes, como la adquisición de herramientas o la búsqueda de objetos para evitar el frío que se desliza por el bosque nevado que te rodea.
El apartado artístico se asemeja al de un libro infantil, y el juego se sitúa, afortunadamente, en el extremo más acogedor y relajante del género supervivencia. Es perfecto para acurrucarse mientras cae la noche y se avecinaba la próxima borrasca. Aunque la historia de Winter Burrow es breve, nos recuerda que podemos disfrutar del ambiente del invierno, ya sea tejiendo un jersey, dedicando tiempo a hacer más cómoda nuestra casa o disfrutando de una buena comida alrededor de la mesa.
Está para Nintendo Switch, PlayStation, Xbox y PC.
Una cosa que nunca utilizo pero sigo haciendo
No sé cuántas playlists es capaz de almacenar un ser humano. Cada estación diseño nuevas, a veces con distintas canciones y otras con combinaciones de música desconocida y conocida, aunque las del año anterior apenas las escuchara. No es el acto de escucharlas lo que me llena, sino el acto de prepararlas, de dedicarle un espacio a las ganas de ordenar la vida y dotarla de un significado, de pasar tiempo haciendo algo teóricamente inútil pero plácido.
Cada vez encuentro más paz en este tipo de tareas “estériles”, porque me paso el día encerrada en una oficina con una lista interminable de quehaceres -útiles únicamente para personas mucho más ricas que yo-; y cuando llego a casa me dan ganas de desaparecer, de no existir, de hacer algo absolutamente inservible de lo que nadie pueda lucrarse. Y las listas de reproducción con canciones inspiradas en el invierno son uno de mis mecanismos de relajación infalible. Durante un rato, estoy concentrada en lo que me hace sentir el presente, en proyectar esas sensaciones sobre cualquier soporte. Luego no vuelvo a tocarla, pero es lo que me llenó ese rato lo que cuenta, y espero que nunca se me pase.
Una ilustradora
Natalia Shaloshvili es una artista rusa que ilustra y escribe libros para niños. Sus personajes, generalmente animales, son adorables, tranquilos, y viven sus vidas normales en un mundo ligeramente extraño. Sus fondos indeterminados los ubican en una especie de vacío. Sus ojos son curiosos, y su expresión de aparente preocupación me da calorcito en el corazón: nosotras también estamos preocupadas y el entorno se nos desdibuja, pero seguimos saliendo a la calle a hacer nuestras silly little tasks. Por otro lado, necesito que miréis sus gorritos.










mmm las tardes de los viernes en casa de mi madre... en mi caso con un café con leche y un crossaisancito de chocolate. Me han conmovido mucho tus palabras, ojalá poder volver, gracias! 💖